Tapetes Temoaya "Poema"

TEMOAYA, Lana anudada por manos otomíes, arte milenario que proviene de un mundo donde se rinde culto a las flores y a la muerte, refleja con sencillez y candor el misterio de los orígenes de un pueblo, uno, añoso, cargado de historia, de magia y de recuerdos, listo a descifrar los secretos del propio universo y el andar incansable de las estrellas por los cielos, inmensos y eternos de la serranía mexicana.

Nudos de lana que captan la luz para siempre y van, como iban las doncellas al sacrificio, al encuentro del tiempo en un permanente deseo de evasión. Con infinita paciencia y ternura, traman los nudos en los telares y escriben su historia, plena de imágenes y de armonía,…de flores y de animales,…de luces y sombras.

Mezclan los dedos, compulsivos, los hilos de lana de colores con la luz intensa y descarnada que baja la suave pendiente disfrazada de ocres o verdes para crear texturas y exhibir sus íntimos secretos en cándidas de severa geometría. Apenas un suspiro. El tiempo deja de tener valor cuando se funden los meses y los años en tapetes plenos de luces y matices que permanecen en vida después de la vida.

En cada porción de tapete, en cada metro cuadrado que surge del rudimentario telar, hay plasmado cuarenta días de esfuerzo, dedicación y trabajo de una tejedora nativa. Ciento cuarenta mil veces los dedos pasan por la trama. Ciento cuarenta mil nudos tejidos con destreza y paciencia. La trenza recogida. La mirada fija en lo profundo del valle. En los labios, un dejo de orgullo indígena que sabe que las cosas “…las ha hecho bien”. Ciento cuarenta mil veces anudado un nudo para cada metro cuadrado de tapete. Para cada metro de historia Otomí anudada con lana virgen y con el corazón. Temoaya expresa el alma de sus tejedores en tapetes que hablan del azul de los cielos y en bordados que imitan los verdes del follaje,… y también en ocres, como la misma tierra, transformada en ollas.


Forma de elaboración

La elaboracion de esta gran variedad de tapetes se crean en telares verticales de madera y en cada metro cuadrado se encuentra pasmado un mes de esfuerzo y dedicación por el arte. Fabricados a mano y secados parcialmente al sol, van tomando forma en los telares fabricados para cada medida del tapete.

Lanas teñidas cuidadosamente, resistentes al frote, a la luz y al lavado, garantizan un color brillante y un tacto mullido y suave que requieren el menor cuidado. El diseño es copia de sus raíces indígenas, las imágenes que habrán de reflejar una parte del arte popular mexicano. El equilibrio se logra en los telares con el grueso de los hilos que forman el entramado, la altura del pelo y el número de nudos, apretados rítmicamente por el golpeteo de los mazos de dura madera.

El anudado de estambre de lana se hace sobre una urdimbre de hilaza (algodón) previamente armada en un bastidor de madera, que según el proyecto puede ser grande o chico. El tejedor sigue un patrón sobre papel cuadriculado, a efecto de conocer en puntos cada línea y figura, anudando uno a uno cada hilo de estambre.

El nudo que queda en fleco o barba, se corta al nivel del grosor que se dé para el tapiz (un centímetro, 1.80, tres y hasta cinco centímetros), para seguir utilizando el hilo. Una vez concluido el tapete, se rasura, se lava con cepillo y jabón neutro y se pone a secar a la intemperie hasta dos semanas.

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